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ACADEMIA E INVESTIGACIÓN

Doscientos años de Independencia

 

Por Óscar David Saidiza Peñuela, magíster en Historia y candidato a doctor de la Universidad Nacional de Colombia, y director científico de la colección Bicentenario: Sociedad y Conocimiento

 

El próximo 7 de agosto se cumplirán doscientos años de la Batalla de Boyacá, acción militar decisiva en la consolidación de la independencia nacional. Para conmemorar esta fecha, algunos profesores de la Universidad Militar Nueva Granada se juntaron para publicar, con el apoyo de la Rectoría y la recién creada Editorial Neogranadina, de la Vicerrectoría de Investigaciones, la colección Bicentenario: Sociedad y Conocimiento, compuesta por siete libros que abordan la experiencia social y cultural en estos doscientos años de vida independiente.

 Aunque cada uno de los libros posee una perspectiva y una autonomía que los distingue dentro del conjunto, la Dirección Científica de la colección los articuló alrededor de un enfoque común, el cual se destaca a lo largo de estas líneas. Con ello, se espera no solo ofrecerles a los lectores una visión panorámica de la colección, sino también aprovechar la ocasión para suscitar la reflexión sobre el papel de la historiografía en el presente.

 La necesidad de justificar la investigación del pasado como una actividad pertinente para orientar las acciones en el presente no ha cesado, a pesar de lo mucho que se ha escrito al respecto. La historiografía se halla constantemente interpelada sobre la pertinencia de su actividad en un mundo dominado por una practicidad orientada hacia la innovación y, por lo tanto, hacia el futuro. En las últimas décadas, se ha llegado a una situación verdaderamente paradójica. El aumento exponencial de publicaciones historiográficas ha venido acompañado del más enconado ataque a las bases epistemológicas de la disciplina. Quizá es precisamente la progresiva renuncia a los criterios de cientificidad de la historiografía lo que ha desatado la avalancha de publicaciones a costa del rigor académico.


Asumiendo conscientemente el riesgo de ir en contravía de esta tendencia, la Dirección Científica trató de mantener en cada una de las obras de la colección un abordaje científico de los problemas y, específicamente, trató de fomentar un enfoque que no se duda en llamar «desarrollo histórico ». La moda intelectual poscolonial ha enfatizado los diversos contenidos de las representaciones culturales y las formas de organización social, al punto de que se ha perdido de vista los procesos generales y estructurales del cambio sociocultural en el tiempo. Algunas de las obras de la colección, por ende, intentan buscar nuevamente la tendencia general del cambio histórico en medio de la diversidad.

No obstante, el mencionado enfoque tiene repercusiones directas en la justificación de la historiografía: identificar las líneas de desarrollo del proceso histórico vincula el presente de Colombia con su pasado, de manera estrecha. En efecto, al enfatizar en la diversidad de los pueblos y de las épocas, al insistir en las diferencias de contexto, se deja escapar la unidad del proceso. Esta unidad existe en la historia; un proceso general abarca los procesos particulares, y las relaciones estructurales limitan la diversidad de las expresiones culturales humanas. Existen, por consiguiente, regularidades en el cambio que se pueden estudiar desde un punto de vista científico, y que convierten cada momento presente en el resultado momentáneo de un proceso histórico.

Por el contrario, al enfatizar la particularidad de cada momento histórico, el proceso que ha transitado la humanidad hasta el presente se rompe en mil pedazos y los une tan solo la referencia a un marco temporal; se insiste en que cada época fue un mundo único definido por las bases de su contexto. Ante este panorama diverso de los mundos del pasado, el ser humano del presente ya no encuentra conexión alguna con su realidad y, a lo sumo, cree que la historia le sirve para llenar sus ratos de ocio o aumentar su caudal de erudición.

Retomar la visión de la historia como un proceso de «desarrollo» restablece aquella conexión natural que ya habían vislumbrado los hombres de la Ilustración, para quienes el pasado y el presente formaban una unidad natural. Ahora bien, en su devenir el concepto de «desarrollo» ha sufrido una serie de deformaciones que lo han deslegitimado, por lo que conviene hacer algunas aclaraciones. Durante el siglo XIX, ese concepto se confundió con los anhelos de la burguesía ascendente y terminó asimilado a la idea de «progreso».

Las reflexiones históricas de los representantes de la clase burguesa, pero también de los de la clase obrera, veían únicamente en la historia las claves de un ascenso sostenido que presagiaba un futuro brillante. Sin embargo, los serios desafíos a la democracia de la primera mitad del siglo XX y dos guerras mundiales plagadas de genocidios proporcionaron un material empírico más que suficiente para desacreditar la idea de progreso y, con ella, la noción científica de desarrollo. Hoy, el uso del concepto despierta inmediatamente una razonable sospecha; se le vincula inmediatamente con las teorías del desarrollo económico vigentes, las cuales han dado prueba de su absoluta indiferencia por la acumulación descarada de la riqueza en pocas manos y por la exclusión de cualquier noción básica de justicia. Se debe, en consecuencia, señalar con énfasis que nada de esto es lo que se está queriendo decir cuando aquí se emplea la noción de desarrollo.

El uso del concepto de desarrollo se mantiene en los márgenes estrictos de un hallazgo empírico: a lo largo del tiempo histórico, las estructuras de la sociedad se han hecho más complejas, en el sentido de una especialización funcional a la cual corresponde un aumento en los potenciales de poder de los centros de articulación de esa estructura. Existe, pues, una relación funcional que se produce en el tiempo histórico entre la división del trabajo, la concomitante intensificación de la producción y el crecimiento de los potenciales de poder que se apropian de los excedentes producidos. Esto ha sido así para bien o para mal, pero se debe entender como un hecho, porque sigue ocurriendo en el presente de Colombia, y saberlo es la única manera de poder poner el proceso bajo control y dirigirlo en el sentido de los ideales sociales.

Ahora bien, el registro empírico del proceso de complejización estructural, que explica el aumento evidente de la población en el mundo a lo largo de la modernidad y su integración en un proceso global de mercado, no se puede desligar del proceso de cambio cultural. Resulta ingenuo pensar que las formas de representación del mundo que los seres humanos construyen han estado al margen de aquel proceso de complejización. Por el contrario, la representación del mundo, eso que se denomina «cultura», media toda acción humana y, por lo tanto, define los procesos de constructividad de las relaciones sociales y de las relaciones económicas.


La alteración profunda de la actividad económica que se registró en el tránsito del feudalismo al capitalismo y de la reorganización social que creó las crecientes masas urbanas de la sociedad estamental primero e industrial después, estuvo acompañada de una desmitificación del pensamiento humano, de una predominancia de los criterios utilitarios, de una representación desespiritualizada del mundo, en fin, de lo que el sociólogo Max Weber llamó una racionalización del mundo. Este cambio en la organización espiritual de los seres humanos fue un proceso relacionado con la transformación de esas estructuras sociales y económicas, y es imposible explicar las unas sin las otras, como imposible es que el cambio se hubiera dado sin esa relación funcional.

De tal manera que, en este proceso histórico, también los seres humanos han cambiado en su constitución u organización mental. Pero esto no es lo fundamental. Lo fundamental es que se ha cambiado en un sentido definido por las relaciones estructurales del proceso, y ese cambio todavía se está produciendo en la población, los seres humanos del presente. Lo que se haga ahora, además, configurará las condiciones bajo las cuales los seres humanos del futuro tendrán que vivir, pensar y actuar.

Al abarcar los doscientos años de historia de Colombia, no se ha dejado de señalar este proceso integrado de desarrollo. Este enfoque permitió ver aquello que en el presente resulta doloroso como el resultado del encadenamiento de los acontecimientos, muchos de ellos se remontan incluso al periodo colonial y a la Conquista. Sin este enfoque, no es posible comprender los problemas del presente, y, de paso, la historiografía perdería toda pretensión de cientificidad.

Se espera, para finalizar, que las obras que se han puesto en las manos de los lectores en la colección Bicentenario: Sociedad y Conocimiento ayuden a revertir este proceso de ruptura con el pasado.

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